El Evangelio: El mensaje completo

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Por el misterio de este agua y vino, haznos partícipes de la divinidad de Aquel que se dignó participar de nuestra humanidad.

¿No es asombroso cómo estas pocas palabras, pronunciadas en silencio por el sacerdote justo antes de la Plegaria Eucarística, expresan el corazón del mensaje del Evangelio? Cada vez que nos reunimos para la Santa Misa, le pedimos piedad al Señor, escuchamos la Palabra de Dios, rezamos unos por otros y le ofrecemos gratitud y adoración a nuestro Padre divino. Pero la esencia de la Misa es la promesa de que al recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús ¡estamos realmente siendo partícipes de la divinidad de Cristo! Todo lo demás que hacemos nos lleva a este momento culminante de la comunión, como fuente de nuestra esperanza y nuestra fe.

Estas pocas palabras dichas en voz baja también confirman para nosotros las enseñanzas de San Atanasio, que escribió: “Dios se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios; se hizo visible corporalmente para que nosotros tuviéramos una idea del Padre invisible, y soportó la violencia de los hombres para que nosotros heredáramos la incorruptibilidad” (Tratado sobre la Encarnación, 54,3).” Esta es la razón por la cual Jesús vino al mundo y por la cual murió y resucitó para salvarnos.

Pero tenemos que entenderlo claramente: Este proceso de divinización es una posibilidad y un privilegio; no sucede automáticamente simplemente por el hecho de ser bautizados ni por recibir la santa Comunión. Cada día tenemos que dejar que la gracia de Dios actúe en nosotros, ser dóciles al Espíritu, buscar a Dios en la oración y decir con toda sinceridad: “Señor, que no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Bienaventurados los necesitados. La Cuaresma es la ocasión perfecta para meditar en aquello que nos toca hacer a nosotros en este proceso de transformación, es la época perfecta para rendirnos ante Dios mediante la oración, el arrepentimiento y las obras de renunciación. Todos sabemos lo útil que es la oración y el gran sentido de libertad que sentimos después haber ido a la confesión; pero hay una gracia especial que viene cuando nos negamos a nosotros mismos. Las cosas simples que hacemos, como ayunar, no comer el postre o no ver la televisión no las hacemos como una suerte de castigo; las hacemos con el propósito de doblegar nuestras apetencias propias para poder elevar el espíritu más cerca de Dios.

A todos nos gusta comer y cuando ayunamos, empezamos a sentir cada vez más hambre. Al comenzar el ayuno, pensamos en lo que podríamos haber comido y lo buena que es una u otra comida, y el deseo de comer aumenta a cada hora que pasa. El estómago empieza a gruñir y nos parece que nos vamos a “morir de hambre.” Ahí es cuando empezamos a contar las horas, esperando con ansias el minuto mismo en que termine el ayuno.

Sea que este proceso resulte gracioso o doloroso, el ayuno trae una gracia verdadera. El sentido de necesidad física que va creciendo realmente nos hace recordar la necesidad espiritual que tenemos, la necesidad de Jesús, y esto puede llevarnos a postrarnos de rodillas y decir: “Te necesito a Ti, Señor. Ven y lléname.” Este es el momento mismo en que abrazamos aquello que es el corazón de nuestra fe católica. Cuando le confesamos al Señor nuestra necesidad espiritual, Él nos bendice en abundancia, nos llena, nos satisface y nos levanta.

Jesucristo dijo: “Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos” (Mateo 5,6). Es verdad que el hambre de comida no es lo mismo que el hambre de Dios; pero al mismo tiempo, el hambre de comida sirve para revelarnos el hambre profunda que tenemos del Señor. Cada sacrificio que hagamos, grande o pequeño, puede ayudarnos a percibir y reconocer nuestra gran necesidad de Dios.

Consagración diaria. La primera sugerencia que queremos hacer aquí es muy sencilla, pero puede marcar una gran diferencia. Es simplemente consagrarnos a Jesús cada mañana. San Pedro nos dice: “Honren a Cristo como Señor en sus corazones” (1 Pedro 3,15); en efecto, una breve confesión de fe nos ayuda a condicionar lo que haremos durante todo el día.

Pensemos en un anillo de bodas. No es más que una pieza de joyería, pero para el hombre o la mujer que lo lleva, ese anillo es una declaración pública de amor, compromiso y fidelidad. Del mismo modo, la consagración a Jesús significa dedicarnos a Él de un modo especial todo el día. Es una manera de declarar que haremos todo lo que podamos para permanecer cerca de Él, amar, disculpar las ofensas y ser fieles a sus mandamientos. Es una declaración de nuestra fe; una declaración que al Señor le encanta bendecir.

Así, pues, cuando despiertes cada mañana en esta Cuaresma, di lo siguiente: “Amado Jesús, Señor mío, te entrego mi vida. Confieso con palabras y creo en mi corazón que Tú eres mi Salvador.” Luego, trata de recordar esta consagración durante el día, cuidando de que aquello que hagas y digas no se oponga a lo declarado en la mañana. ¡Y no te sorprendas si te parece que el día transcurre en forma más apacible, o si te sientes más contento y con más confianza en el amor del Señor!

Arrepentimiento. La siguiente sugerencia para esta Cuaresma consiste en adoptar la costumbre de hacer un arrepentimiento diario de las faltas cometidas. Claro, es cierto que todos tenemos que ir a la confesión lo más a menudo que podamos porque sabemos lo muy liberador que puede resultar este sacramento.

Sin embargo, no siempre es fácil ir a la confesión, aunque, si tenemos pecados mortales, realmente necesitamos con urgencia el poder de la confesión sacramental. Pero cuando se trata de pecados veniales, los que no son tan graves, la Iglesia enseña que podemos pedirle perdón a Dios en la intimidad del corazón, de manera que hacer una sencilla pero sincera oración de arrepentimiento puede hacernos sentir renovados y libres. Luego, cuando sí vamos a la confesión, podemos descargarnos de todos los pecados, sabiendo que el arrepentimiento diario nos ha mantenido cerca del Señor.

Así, pues, toma la decisión de dejar un tiempo antes de acostarte para repasar lo que hiciste en el día y arrepentirte de cualquier falta que hayas cometido. Se puede hacer en pocos minutos, pero los resultados bien valen la pena. Simplemente dile al Señor que lamentas lo que hiciste y le pides que te conceda su misericordia. Cada vez que nos arrepentimos, podemos percibir un sentido de libertad y tranquilidad porque hemos aclarado la situación; nos sentimos más ligeros, porque el Señor nos ha perdonado y porque ya no llevamos el peso de la culpa.

Ayuno. Cuando escuchamos la palabra “ayuno”, automáticamente pensamos en privarnos de alguna comida que nos gusta. Ciertamente este es una forma muy válida de ayunar, pero hay otras formas también, y nos gustaría sugerir una. En esta Cuaresma, tratemos todos de ayunar de las actitudes y conductas que causan divisiones entre la gente y, a cambio de eso, practiquemos las actitudes y conductas que fomentan la unidad y ayudan a las personas a crecer espiritualmente.

En un papel escribe las cosas que a veces dices o haces y que causan división entre tus seres queridos o amistades y de las cuales puedes “ayunar” en esta Cuaresma; también escribe las cosas que podrías hacer para promover la unidad, la armonía y el amor. Por ejemplo, procura ayunar de mal genio y más bien demostrar gestos de bondad, paciencia y afecto. O tal vez puedes tratar de ayunar de esos comentarios negativos que tan fácilmente se nos escapan de los labios, y procura más bien pronunciar cosas positivas para felicitar y agradecer a las personas. Otra opción es ayunar de pensar demasiado en ti mismo y trata de cambiar para ponerte en el lugar de la otra persona y comprender mejor sus puntos de vista y sus actitudes.

Todos necesitamos a Jesús. Así pues, salgamos de nuestra rutina en esta Cuaresma y acerquémonos más a Jesús, el que perfecciona nuestra fe” (Hebreos 12,2). Pídele que haga todo lo que necesite hacer en ti para que aceptes sin reservas el mensaje de su Evangelio. Si lo haces, puedes tener la certeza de que el Domingo de Resurrección será un día de gran alegría y celebración; puedes estar seguro de que ese día al despertarte dirás: “¡Gracias, amado Jesús, por todo lo que has hecho por mí!”

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