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San Pablo les recordaba a los corintios de todas las bendiciones que habían recibido por haberse hecho cristianos, diciéndoles: “No están faltos de ningún don espiritual, mientras esperan con anhelo la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1,7). Teniendo bendiciones tan magníficas, quizá resulte extraño ver que estos cristianos hayan tolerado tanto pecado en su comunidad.
Tal vez se sentían inclinados a seguir filosofías griegas, que tendían a atribuir más importancia al espíritu que al cuerpo físico. Según este razonamiento, seguramente reconocían que su creencia religiosa era lo más importante, y que su conducta diaria realmente importaba poco.
¡Con cuánta facilidad tendemos a reducir la vida cristiana al hecho de asistir fielmente a Misa y mantener una “buena” actitud la mayor parte del tiempo! Pero en realidad, es imposible separar la “vida religiosa” de la manera de comportarse día a día. Los cristianos estamos llamados a irradiar la luz de Cristo y ser testigos del poder transformador del Espíritu Santo. El hecho de no entregarle ciertos aspectos de nuestra vida al Señor, con el fin de ocultar hábitos de pecado o resentimiento, ofende inmensamente a Dios y apaga la luz que los demás debieran ver en nosotros.
Hoy se celebra el Día del Trabajo en los Estados Unidos, y es una ocasión ideal para hacernos un examen de conciencia y analizar cuál es nuestra actitud frente al trabajo. Para muchos, es una carga pesada, especialmente si considera que su esfuerzo es grande y la remuneración injusta; para otros, se convierte en el único propósito de su vida, y para otros más significa tratar de avanzar aunque sus acciones perjudiquen a sus compañeros. Lo correcto es considerar el trabajo como una bendición de Dios y una oportunidad para practicar las virtudes cristianas de la paciencia, la honradez, el perdón y la reconciliación. El Señor espera que pongamos toda nuestra vida en sus manos, para que su luz ilumine la oscuridad en nuestro ser y nos purifique de toda mala conducta.
“Jesús, Redentor mío, quiero ser un conducto de la vida nueva que recibí de Ti para los que todavía no te conocen. Permite, Señor, que el poder de tu cruz dé muerte al pecado en mí para que tu luz resplandezca en todo lo que yo haga.”
Salmo 5,5-7.12
Lucas 6,6-11